domingo, 29 de noviembre de 2020

No me gustan los payasos

Noviembre de 2019

 

Los payasos, esos personajes que están para alegrar al personal y que, sin embargo, en algunas personas, generan un terror indescriptible.

 

El termino correcto es “coulrofobia”. Así es denominado el miedo o fobia irracional hacia los payasos y mimos.

 

Como bien pone en el título, querido lector, Yo soy uno de ellos. Me parece que, tras esa sonrisa, esconden algo macabro.

 

Aunque mi repulsión hacia ellos no es irracional, sino que tiene una muy buena explicación y es lo que os voy a contar a continuación.

 

Es el momento de coger una vela y, con el siniestro contoneo de su llama, dejarte guiar por esta historia aterradora.

 

Todo ocurrió en el año 2019.

 

Me encontraba circulando con el coche junto a mi amiga Raquel y su hija. Nos dirigíamos a su casa tras haber salido a cenar fuera.

 

La niña comenzó a señalar y a avisarnos.

 

Miré por el retrovisor y lo vi. Se encontraba parado en la orilla, con un puro en la mano. ¿Qué hacía un payaso parado en la carretera en plena oscuridad de la noche?

 

La respuesta la obtuvimos pronto.

 

A medida que avanzaba con el coche, pudimos divisar unas luces en un descampado enrome de la zona. Habían colocado un circo. Una carpa enorme y muy colorida.

 

-          Aquí podría traer a mi hija. [Dijo Raquel]. Igual le gusta.

 

-          Yo pensaba que esto ya no se hacía. [Dije mirando la enorme carpa]. Pues sí, podrías.

 

-          Bueno, y tú si quieres, claro. [Dijo sonriente]. Así hacemos algo diferente.

 

-          Pues sí, podría estar bien.

 

Llegué y aparqué en su puerta.

 

-          Me lo he pasado muy bien. [Dijo Raquel]. Nos vemos otro día.

 

-          Yo también. [Respondí posando mis labios en los suyos]. Estamos en contacto.

 

Recuerdo su cara de asombro. No sé qué me había pasado por la cabeza para besarla, pero no pude evitarlo.

 

Sonrió, cogió a su hija y se despidió de nuevo a lo lejos antes de subir a su casa.

 

Una vez que llegué a casa comprobé que mi familia dormía y cerré con llave.

 

Salí al balcón y, al asomarme, me llevé una sorpresa enorme. Había alguien parado en la calle.

 

Estaba demasiado lejos como para poder saber quién era, pero lo suficiente como para notar que me estaba mirando.

 

Lo extraño es que, pese a todo, esta no me transmitía ninguna mala sensación, al contrario, me sentía tranquilo.

 

Decidí entrar, así que, tras cerrarlo todo, me acosté en mi cama.

 

Me desperté a eso de las tres de la mañana y fui al baño. Fue ahí cuando la escuché. Esa música típica de circo.

 

Incluso usted, querido lector, puede llegar a escucharla, puede casi sentirla mientras lee estas líneas.

 

Salí del aseo para ver de dónde venía, pero no parecía venir de un punto fijo. Era por toda la casa.

 

Al asomarme al comedor pude ver que, en la mesa, había un puro encendido junto a una nota.

 

“La diversión empieza ahora” Bajo esto estaba la firma de un tal Smoky Clown.

 

A medida que me movía por la casa, oía la música más fuerte. Esta empezaba a ser cada vez más lenta y siniestra.

 

En eso momento escuché una risa que provenía de la puerta principal, así que, con el corazón acelerado, salí, intentando esconder mi miedo.

 

Me quedé atónito. Como si de un portal se tratase, aparecí en lo que parecía ser una carpa de circo.

 

Las gradas estaban llenas de gente que me miraba entre silbidos y aplausos. Parecían esperar un espectáculo mío.

 

Aparecieron de la nada un tigre que comenzó a acercarse sin despegar su vista de mi. Estaba claro que me veía como su próxima comida.

 

Le lancé un taburete que había a mi lado y corrí lo más rápido que pude buscando una salida, mientras oía como me perseguía enfurecido.

 

Divisé, al final de la carpa, un poco de luz que parecía provenir del exterior, a si que, sin pensármelo dos veces, corrí hacia allí.

 

Salté hacia la salida y noté un profundo golpe.

 

Cuál fue mi sorpresa cuando, al abrir los ojos, me percaté de que me encontraba en el suelo de mi habitación. ¿Lo había soñado?

 

Me levanté del suelo y bebí un poco de agua de mi botella.

 

Cuando la dejé otra vez en su sitio y me disponía a acostarme de nuevo, comencé de nuevo a escuchar esa maldita música.

 

-          Tiene que ser una broma… [Dije en voz alta]. ¿Qué está pasando aquí?

 

Salí al comedor y, nuevamente, los sonidos venían de la puerta de entrada.

 

Esta vez me quedé parado y me asomé por la mirilla antes de hacer nada. Para mi sorpresa, la puerta desapareció y caí.

 

Al levantarme volvía a estar en la carpa, salvo que esta vez había una pequeña diferencia. Había alguien en el centro.

 

-          Eres un poco mayor para tener miedo ¿No? [Dijo entre risas].

 

-          ¿Quién eres?

 

-          Soy el único e inigualable Smoky Clown. [Dijo encendiéndose un puro]. Seguro que sabrás algo sobre mí.

 

-          Nunca he oído hablar de ti, pero tampoco me importa. Solo quiero que me dejes en paz de una vez.

 

-          Sabes chico… [Dijo tirando su puro]. Deberías hablarme con un poco más de respeto]. Sobre todo, cuando estás en mis manos.

 

Sacó una sierra y unas manos me agarraron desde atrás arrastrándome hasta una caja donde me metieron.

 

-          Hora de empezar con el truco. No te muevas demasiado, cortarte por la mitad no es tarea fácil.

 

-          Esto tiene que ser una broma. [Dije intentando salir]. Tengo que estar soñando.

 

-          Más quisieras. [Dijo mientras comenzaba a serrar la caja].

 

Aquello era horrible. Ese maldito payaso sonreía mientras iba cortando la caja con la sierra y la gente del publico miraba expectante.

 

De pronto, su gesto se volvió serio y paró en seco. La caja se abrió y pude salir corriendo de allí.

 

Salté hacia la salida y noté un profundo golpe.

 

Al abrir los ojos, me percaté de que me encontraba de nuevo en el suelo de mi habitación. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿A caso estaba perdiendo la cabeza?

 

Comencé a escuchar a alguien hablando fuera, pero no podía entender nada de lo que decía.

 

Seguí la voz hasta el comedor y pude ver la silueta de una persona sentada en el sofá recitando algún tipo de oración.

 

Intentaba encender la luz, pero esta no funcionaba, no obstante, esa silueta me resultaba muy familiar.

 

Unos golpes comenzaron a resonar por la casa. Estos provenían, nuevamente, de la puerta principal.

 

-          Otra vez no… [Dije con las manos en la cabeza]. Esto es una maldita pesadilla.

 

En ese momento, la puerta se abrió de golpe y una fuerza sobre humana comenzó a absorberme.

 

Esa extraña fuerza me había arrastrado hasta el centro de la carpa y, al levantarme, vi que estaba de nuevo ese maldito payaso.

 

Noté que algo tiraba de mí y, cuando quise darme cuenta, me encontraba enganchado en una diana.

 

- Esto siempre me ha encantado. [Dijo con unos cuantos cuchillos en la mano].

 

Lanzó el primero, alcanzándome en la pierna derecha.

 

- Parece que he perdido puntería con los años. [Dijo riendo].

 

Volvió a lanzar otro cuchillo y, en esta ocasión, impactó contra mi pierna izquierda.

 

- Parece que voy a tener que terminar con esto. [Dijo mirando a la silueta que rezaba]. ¿Unas últimas palabras?

 

Aún recuerdo aquello. El dolor era indescriptible y, por mucho que lo intentaba, no podía escapar.

 

Solo pensaba en que ese era mi final, que ya no había solución posible, pero, de pronto, en mi cabeza resonaba ese extraño rezo.

 

De manera inesperada, Smoky Clown comenzó a iluminarse. Comenzó a salir humo de su cuerpo y, pronto, comenzó a arder.

 

Caí al suelo y comencé a ver esa extra figura de nuevo.

 

Apareció recitando esa oración y acercándose al payaso son algo en las manos, pero no pude verlo con claridad.

 

Todo se iba volviendo cada vez más borroso hasta que finalmente perdí el conocimiento por completo.

 

Me desperté en el suelo, en un descampado, completamente aturdido y con un profundo dolor junto a una pequeña fogata

 

Giré la cabeza y la vi. Era Rosa…

 

Anteriormente ya os había hablado de ella y de nuestro pequeño “encuentro”. También sobre ese halo de misterio que hay a su alrededor.

 

-          ¿Qué haces aquí? [Pregunté aún aturdido ¿Qué ha pasado?

 

-          Ya te dije en su día que podría encontrarte cuando quisiera. [Dijo mirándome con una sonrisa en la boca]. Me alegra ver que sigues vivo.

 

-          Lo tuyo es alucinante. [Respondí]. Sigo sin saber tu secreto. ¿Cómo eres capaz de aparecer y desaparecer así?

 

-          Algún día te lo contaré…

 

-          ¿Y ese maldito payaso?

 

-          Era el fantasma de Smoky Clown. Un payaso borracho e indeseable que murió en un incendio justo aquí hace unos cincuenta años. Tranquilo, Pedro, ya no volverá a molestar a nadie.

 

-          ¿Eso son…?

 

-          Sus restos. Eran necesarios para el conjuro.

 

En ese momento no era consciente de quien era esa chica, de lo que era capaz y, sobre todo, de sus poderes…

 

Saqué de mi bolsillo un puro y lo encendí con la fogata que contenía los restos de ese dichoso payaso.

 

- Saluda al diablo de mi parte, maldito desgraciado… 

 

 

sábado, 29 de junio de 2019

El extraño visitante


Noviembre 2017



Quién no ha estado en casa y ha tenido la extraña sensación de que te observan desde lo más profundo?

Sabes que estás solo, pero aún así, sientes que te acechan, pacientemente, cual depredador a su presa.

De pronto, un sudor frío te recorre el cuerpo; el miedo se apodera de ti y lo irracional comienza a formar parte de tu vida.

Es el momento de coger una vela y, con el siniestro contoneo de su llama, dejarte guiar por esta historia aterradora.

Recuerdo que todo empezó un lunes a las doce de la noche. María y yo nos encontrábamos en el sofá, acurrucados intentando entrar en calor, viendo una película.

En ese momento, se escuchó que llamaban a la puerta. Me levanté extrañado, dada la hora que era, y me asomé por la mirilla.

La luz de la entrada se encontraba encendida; no se veía a nadie. Sin pensármelo dos veces, volví al sofá.

A mitad de camino, se oyó, esta vez de manera más violenta, como llamaban de nuevo, haciendo que cada golpe retumbara en mi interior.

Sin asomarme de nuevo para percatarme de quién podía ser, abrí rápidamente.

Me topé con la oscuridad y el silencio de la noche, acompañado de un aire gélido. Encendí la luz, pero allí no había nadie.

En ese momento, con las llamadas y la espesa oscuridad, me vino a la cabeza el poema “El cuervo”, escrito por Edgar Allan Poe.

Los fantasmas de mi mente comenzaron a atormentarme.

Cerré la puerta y volví al interior para seguir viendo la película junto a María. Ambos hicimos como que no había pasado nada.

A la mañana siguiente, me desperté, como siempre, a las seis y media de la mañana. Hora a la que María se tenía que levantar para ir a impartir sus clases.

- Luego nos vemos, amor [Dijo posando sus labios en los míos]. Sé bueno.

- Tranquila, no me moveré de aquí. [Contesté sonriendo]. Hoy tengo un montón de ideas para mi nueva novela, así que me podré a escribir.

Cogí todos mis papeles en los que había tomado los apuntes y me fui directo a mi cuarto a enchufar el ordenador.

Abrí el documento que contenía lo que llevaba escrito de la novela y, poco a poco, fui escribiendo.

Al cabo de unos minutos, comencé a notar un intenso frió en el cuarto. Enchufé la calefacción, pero fue inútil.

Más tarde, ya no era solo el frío lo que me incomodaba, si no la extraña sensación de estar siendo observado por alguien.

Notaba sus ojos clavados fijamente en mi nuca. Lo achaqué a mi imaginación, hasta que María llegó a casa.

- Pedro, ya estoy en casa. Hace mucho frío aquí ¿No? [Preguntó casi tiritando].

- Lo sé, cariño, pero incluso con la calefacción puesta, no aumenta la temperatura. [Contesté] Debe de estar rota.

- Pues el aire sale caliente ¿No te habrás dejado alguna ventana abierta?

- No tengo otra cosa mejor que hacer que abrir la ventana con el frío que hace fuera. [Contesté]. Por cierto,  he hecho sopa para comer, así entraremos en calor.

- Genial, vamos a comer, porque  vengo con un hambre…

En mitad de la comida, vi que María no dejaba de mirar, de vez en cuando, a la puerta principal.

- ¿Te ocurre algo, Maria? [Pregunté intrigado].

- No… solo es que… Tengo la sensación constante de que alguien me está mirando. [Respondió nerviosa].

- Entonces no soy el único. Yo llevo así toda la mañana.

- ¿Crees que tendrá que ver con el suceso de anoche?

- Es posible. Ya me lo espero todo.

Fue un día de lo más extraño e incomodo, pero, lo que no sabíamos era que todo esto no había hecho más que empezar.

A la mañana siguiente, antes de que sonara el reloj, me desperté con el sonido de lo que parecía el arrastre de una silla.  

Quise incorporarme y mirar, pero supuse que lo había soñado y el frío me impedía salir de la cama.

Me desperté de pronto, sobresaltado, por los gritos de María.

- ¡No puede ser! ¡Me he dormido y voy a llegar tarde! [Dijo levantándose rápidamente]. ¿Y el reloj? No está en la mesilla.

- Lo mismo se te olvidó ponerlo

- Nunca se me ha olvidado. No es propio de mí [Dijo vistiéndose rápidamente].

Se marchó tras darme un efímero beso y salí a desayunar algo.

Al abrir la despensa para coger el azúcar, me quedé completamente perplejo. Colocado en un rincón, se encontraba el dichoso reloj. ¿Cómo había acabado allí?

Cuando fui a coger un vaso, descubrí que no había ninguno. No en el armario ni en el lavavajillas.

Al volver al comedor, vi, atónito, que todos los vasos estaban colocados en la mesa.

Los cogí y los puse en su sito, pero, para mi sorpresa, al cerrar la puerta del armario y volver al comedor, estaban de nuevo sobre la mesa.

Me encontraba en uno de esos momento en los que no sabes si salir corriendo, gritar o, simplemente, ignorarlo todo.

Ese día recuerdo que fue muy frustrante. No paraba de encontrarme objetos fuera de su sitio mientras el frió y la sensación de ser observado no desaparecían.

Cuando María llegó, se quedó atónita.

- Pedro ¿Qué hacen todos estos vasos aquí?

- Ni idea. Por mucho que los guardo siempre vuelven a aparecer fuera de su sitio.

- Cuando accedí a salir contigo, sabía que me tocaría acostumbrarme a las cosas paranormales, pero esto se lleva la palma. Pensaba que estas cosas ocurrirían fuera, no en nuestra casa. [Dijo en tono gracioso intentando animarme].

María se percató de que mi gesto era muy serio y de que algo no iba bien.

- ¿Qué ocurre, Pedro?

- María. Sea lo que sea, no es bueno, lo presiento. Creo que quiere hacernos daño.

Esa noche apenas pudimos dormir y, cuando por fin lo conseguimos, me despertó una extraña voz.

- Pedro… Pedro… [Susurraba la voz].

Me desperté sobre saltado, haciendo que Maria también se incorporara.

- ¿Estás bien, Pedro?
- No lo se, María. Tengo la sensación de que, cuantos más días pasan, más cosas ocurren y más fuertes.

Esa mañana, la pasé escuchando claramente cómo susurraban mi nombre en cada rincón de la casa.

Cuando María llegó, salí rápidamente, la agarré del brazo y nos fuimos fuera.

- Maria, no aguanto más, aquí está pasando algo. No paro de oír voces extrañas.

Pasamos todo el día fuera hasta que María insistió en que volviéramos, diciéndome que tal vez habría una solución.

Esa noche fue peor que las anteriores. La extraña voz no nos dejó pegar ojo.

Al día siguiente, estuve  constantemente viendo sombras por toda la casa, como si alguien corriera de un lado para otro, por lo que decidí pasarlo fuera con María de nuevo.

Al regresar, sin mirar si quiera a nuestro alrededor, nos fuimos directos a la cama.

María pegó un chillido que me hizo saltar de la cama al instante.

Ahí estaba, parado, inmóvil, una figura alta, con sombrero anchó tapando su cara, completamente oscuro y siniestro.

- María… No puede ser real. Enciende la luz, muy despacio y sin decir nada.

Al encender la luz, la figura se quedó ahí, como si estuviera esperando a que uno de los dos le dijera algo.

Recuerdo ese dichoso día.  Lunes13 de Noviembre de 2017.

Por suerte fue el último de estos sucesos, pero también el más preocupante y agobiante.

El frío intenso, el ambiente cargado, su mirada clavada en nosotros y nuestros corazones completamente acelerados.

Corrimos lo más rápido que pudimos hasta la puerta de entrada, pero él lo impedía.

No decía nada, no se movía, tan solo respiraba. Era una respiración entre cortada y siniestra.

La campana de la iglesia que teníamos cerca comenzó a sonar, marcando las doce de la noche.

En ese momento, la figura, soltó un ruidoso alarido y poco a poco se fue difuminando hasta desaparecer del todo.

En ese momento, mi móvil comenzó a sonar. En la pantalla aparecía el nombre de mi amigo Jacinto Hernández.

- Pedro, he estado informándome sobre lo que te ha estado ocurriendo y ya he dado con la causa. Puede que te parezca raro, pero se trata de un demonio. Poco a poco va torturando a sus victimas mentalmente, para alimentarse de su miedo y finalmente, cuando ya se siente más poderoso se presenta cara a cara, esperando a que hables. Nunca, nunca se te ocurra decirle nada, o no se marchará jamás…

Algunas noches, cuando suena la campana de la iglesia cercana, siento que sigue ahí, firme, con sus ojos puestos en mi, esperando, esperando mi respuesta…