Octubre 2017
A lo largo de mi vida he escrito
muchas novelas y, en la mayoría, tenía la sensación de que eran los personajes
los que se ocupaban de escribir la historia.
La historia que hoy narraré
ocurrió en el año 2017 tras haber publicado mi novela “Un ser extraño”.
Es el
momento de coger una vela y, con el siniestro contoneo de su llama, dejarte
guiar por esta historia aterradora.
Me encontraba junto a mi pareja,
María, en casa. Acababa de abrir una botella de champán para celebrar el éxito
de mi última novela.
En ella había creado a un ser
aterrador cuyo rostro aún ondea por mi mente.
Rostro muy similar al de una
calavera, unos ojos completamente huecos, boca enorme con dientes
afilados.
Solía vestir una capa larga y
negra. En su cabeza, a medida, un elegante sombrero negro con un pequeño
símbolo en rojo.
María posó sus labios en los
míos, devolviéndome así a la realidad.
- ¿En qué piensas? [Preguntó
María sonriendo].
- En que me parece que he
invertido demasiado tiempo en la dichosa novela.
Tras un largo y profundo beso,
nos marchamos al dormitorio.
Fuimos quitándonos la ropa entre
besos y caricias, procurando disfrutar cada segundo que pasaba.
Nuestros cuerpos, desnudos y
sudorosos, danzaron entre las sabanas descontrolados hasta altas horas de la
madrugada.
Me desperté sobresaltado, sobre
las tres de la madrugada, debido a una pesadilla que tuve con aquel ser.
Era absurdo temer algo que yo
mismo había creado y, lo más importante, no existía realmente.
Pasé varias noches sin poder
dormir bien. La ansiedad se apoderaba de mí siempre a la misma hora.
Unos días después, decidimos
salir a cenar a un restaurante que acababan de abrir. Salir me venía mejor que
nunca ya que así mantenía mi mente ocupada y la ansiedad alejada.
Estábamos disfrutando una
agradable velada. Comida buena, gran trato. Desde esa noche volvíamos muy a
menudo.
- Perdone, usted es Pedro Ibáñez
¿Verdad? El escritor de “Diario del más allá. [Preguntó el dueño del
restaurante].
- Si, soy yo. [Contesté
sonriendo]. Pero, por favor, tutéame.
- De acuerdo. [Dijo riendo]. Soy
un gran admirador tuyo ¿Me haría el favor de hacerte una foto conmigo?
- Por supuesto, eso ni se
pregunta.
- Perfecto. La pondré en la
pared del local para que la vea la gente. Muchas gracias.
- Un placer.
Cuando iba a sentarme me quedé
petrificado. En una de las mesas del local se encontraba un extraño hombre.
Llevaba una gabardina negra y un
sombrero que tapaba su rostro. La sangre se me heló cuando se lo quitó.
No podía creerlo. Era él… mi
creación…
- Pedro ¿Te encuentras bien?
[Preguntó María asustada].
Desvié la mirada hacia María y,
al volver a mirar al ser, este había desaparecido.
Tras marcharnos del local, la
cosa no mejoró. Sentía a ese ser acercarse sigilosamente ayudado por la
oscuridad de la noche.
- ¿Me puedes explicar de una vez
qué está ocurriendo? [Preguntó María parándose en seco.]
- Que está vivo…
Miré al final de la calle y lo
vi con su pausado y siniestro andar. No iba a descansar hasta cogerme.
- Pedro, está todo en tu cabeza…
Mira bien, ahí no hay nadie…
Forcé la vista hasta que, poco a
poco, fue difuminándose la figura hasta desaparecer por completo.
No entendía nada.
- Creo que me estoy volviendo
lo…
No podía creerlo. Donde se
supone que debería estar María estaba ese ser. Se encontraba mirando al suelo y
sin decir ni una sola palabra.
Quería salir corriendo pero mi
cuerpo no reaccionaba. .
- No entiendo por qué tienes
tanto miedo, te recuerdo que tan solo soy el producto de tu perturbada
imaginación.
Se quitó el sombrero y me miró.
Era tal y como lo había descrito
en mi novela. Esa cara esquelética, esas cuencas vacías. Era horrible.
Me agarró con sus huesudas manos
y pegó su cara a la mía. Yo cerré los
ojos, temiendo lo peor.
Cuando volví a abrirlos, María me
estaba besando.
- ¿En qué piensas, Pedro? Te veo
ausente.
- Perdona… NO se que me ha
pasado.
- Que pasas demasiado tiempo
metido en temas paranormales. Te vendría bien un descanso. [Dijo riendo].
- Tientes toda la razón.
A la semana siguiente, volvimos
al restaurante.
Antes de sentarnos, decidimos
saludar al dueño y contemplar la fotografía que nos habían hecho.
- Aquí tienes una copia, Pedro.
Imaginé que la querrías.
- Muchísimas gracias.
Una vez sentados, comencé a
observar la fotografía. Un sudor frío recorrió mi espalda mientras mi corazón
se aceleraba.
- ¿Qué ocurre?
No contesté, solo le di la
fotografía.
Su cara de sorpresa fue enorme
al contemplar que, detrás de nosotros, en una de las mesas, estaba ese ser,
mirando fijamente.
Volví a coger la foto y me quedé
mirándola.
- Siempre estaré ahí,
observándote desde la oscuridad más absoluta. Pero no temas, al fin y al cabo,
solo soy producto de tu imaginación ¿O no?